No muerdo: invado.
Mi boca reclama el punto exacto
donde tu pulso se acelera
y tu cuello deja de pertenecerte.
Ahí dejo mi marca,
no con dientes,
sino con hambre.
Te desnudo sin manos,
te desarmo con la lengua,
y tu piel —traidora—
se ofrece como mapa sin leyenda.
No hay planes,
solo una caída elegante
hacia lo inevitable.
Pedís contacto y me lo exijo.
Tu cuerpo se alinea con el mío
como si hubiera ensayado este choque
en sueños anteriores.
Te tomo sin apuro,
explorando con paciencia cruel,
siguiendo la curva donde el temblor nace
y la cordura se rinde.
Mis manos no buscan:
recuerdan.
Saben cuándo avanzar,
cuándo insistir,
cuándo provocar ese espasmo
que te arranca del mundo
y te deja suspendida, abierta, viva.
Algo late.
No es piel, no es carne:
es deseo en estado puro,
palpitando sin permiso,
pidiendo ser atravesado
por el ritmo.
Entrás en otra voz.
Pedís más sin palabras,
te quebrás, te expandís,
te volvés un derrumbe delicioso.
Yo sigo, profundo, primitivo,
hasta que el cuerpo ya no distingue
placer de caída.
Y entonces sucede.
Una tibieza desciende,
lenta, irrevocable,
como una rendición dulce
que te recorre entera
mientras el mundo, afuera,
deja de importar.
K