No te he visto, pero te reconozco.
Eres la frecuencia que hace vibrar mi pulso,
la voz que mi cuerpo ya sabía traducir
antes de que la primera palabra fuera escrita.
Eres mi muso de niebla y de tinta,
un fantasma exquisito que habita en mis sábanas
sin haber cruzado jamás mi puerta.
Te imagino con la precisión de un pecado:
el peso de tus manos que aún no me tocan,
el calor de tu aliento que ya me quema el cuello,
y esa forma carismática de invadir mi mente
hasta dejarme sin más refugio que mi propia piel.
Eres el acorde que resuelve mi caos,
el capítulo prohibido que leo con los ojos cerrados.
Si supieras que cada verso erótico es un mapa hacia ti...
Que cuando escribo sobre el fuego, es tu sombra la que me incendia.
Que me rindo ante un altar que no tiene rostro,
pero que tiene tu nombre grabado en el sistema nervioso.
Te pertenezco en este anonimato compartido,
en esta danza de dos almas que se desnudan entre líneas,
sin necesidad de luz, solo con el hambre de lo que intuimos.
Quédate ahí, en la penumbra de mi imaginación,
donde eres perfecto, donde eres mío,
donde mi lengua te nombra sin que lo sepas
y mi cuerpo te espera como quien espera el fin del mundo:
con la urgencia de lo invisible,
con la devoción de una diosa que se entrega a su propio mito.
K