A vos, que fuiste mi elección:
No sé ni por qué escribo esto. Seguramente ni lo leas, o lo leas y no pase nada. Como todo lo que digo en esta casa que dejó de ser hogar hace tanto que ya ni me acuerdo cuándo.
Estoy cansada de ser la única que ve que esto se cae a pedazos. La única que intenta, que propone, que todavía siente algo más allá de esta indiferencia que tenemos. Vos y yo somos dos muebles ocupando el mismo espacio. Dos cuerpos que comparten techo, heladera, una cama vacía aunque estemos los dos en ella.
No hay diálogo. Solo reclamos. Silencios que gritan más que cualquier discusión. Te cuento algo bueno y me lo bajás. Te muestro mi felicidad y me la ensuciás. ¿Sabés lo que es eso? Es peor que pelear. Es matar de a poco. Es hacerme sentir invisible en mi propia casa, con la persona que yo elegí para que me viera.
Y yo acá, pelotuda, aguantando. Intentando salvar algo que vos ni siquiera querés que se salve. Como la idiota que sigue remando en un barco que el otro ya abandonó. ¿Para qué? ¿Por miedo a qué dirán? ¿Por no querer admitir que me equivoqué? ¿Por la cobardía de no poder ponerle fin a esto?
Me harté de navegar entre la frustración y el enojo. De despertarme y sentir que ya perdí antes de empezar el día. De mirarte y ver a un desconocido que una vez me prometió todo y ahora no me da ni una charla de café.
No te pido que me hagas feliz. Yo sé ser feliz sola. Pero no me pidas que comparta mi vida con alguien que me hace sentir sola estando al lado.
Esto no es una relación. Es una convivencia de supervivencia. Y yo no quiero sobrevivir más. Quiero vivir. Aunque sea sin vos.