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​Ahí estaba yo, en una mesa con mi novia, entre el ruido del bar y el frío de…

​Ahí estaba yo, en una mesa con mi novia,
entre el ruido del bar y el frío de una cerveza.
Y de repente, la vi.
Ella estaba de la mano de un tipo que no la merecía,
bailando sola frente a un hombre que ni la miraba,
un tipo con la cara vacía, esquivando el amor que ella le ofrecía en cada gesto.
Y yo me quedé ahí, deslumbrado por tanta belleza,
masticando la bronca de ver a ese hombre despreciar a alquien que resaltaba mas que nadie.
Y ahí estaba mi futura esposa al lado mío,
y yo no podía dejar de mirar lo que no era para mí.
​Ella buscó una salida en el aire, una forma de escapar de ese vacío,
fue entonces cuando cruzamos miradas.
Un segundo bastó para decirnos lo que nadie más entendía.
Ella soltó esa mano inútil y caminó hacia la puerta de servicio sin soltarme la mirada.
Yo, con una excusa barata que nadie se creyó, caminé tras su rastro.
​No hubo palabras,
no hicieron falta.
Como dos personas que estaban destinados a estar en ese preciso momento y en ese preciso lugar
Nos devoramos
como si el mundo se terminara detrás de esa puerta.
​Después,
el silencio de la despedida.
Ella se arregló el pelo, se acomodó ese vestido que le quedaba pintado
y se subió al primer taxi que cortó la calle.
Se fue sin un nombre, sin un número, sin un rastro.
​Hoy camino cada bar de Buenos Aires,
buscando en cada cara el reflejo de ese segundo
que me arruinó la paz para siempre