Aprender a caminar sin saber cómo
Hoy intenté avanzar.
No fue elegante,
ni firme,
ni como lo imaginé tantas veces.
Fue torpe.
Di un paso…
y dudé.
Di otro…
y quise volver atrás.
Porque avanzar
también asusta,
aunque quedarse duela más.
Hoy intenté cambiar
algunas de mis costumbres,
pero hay partes de mí
que todavía se aferran
a lo que ya conocen.
Y no las culpo.
Después de todo,
me protegieron
cuando no sabía cómo hacerlo.
Pero ya no quiero
que decidan por mí.
Hoy fallé en cosas pequeñas:
en pensamientos que regresaron,
en hábitos que me llamaron por mi nombre,
en silencios que casi me tragan de nuevo.
Y aún así…
no volví completamente atrás.
Eso cuenta, ¿no?
Hoy entendí
que avanzar no es huir perfecto,
sino resistir el impulso
de rendirse en cada tropiezo.
Que sanar
no es una línea recta,
sino un camino lleno de huellas
que van y vienen.
Me cansé,
me frustré,
por momentos quise soltar todo.
Pero algo en mí
—más fuerte que antes—
no me dejó rendirme del todo.
Y aunque hoy no llegué lejos,
aunque apenas me moví del lugar,
ya no estoy exactamente
donde estaba ayer.
Tal vez así empieza esto:
no con certezas,
sino con intentos.
Con pasos inseguros,
con miedo todavía en la espalda,
pero con una dirección
que antes no existía.
Hoy no gané la batalla.
Pero tampoco me abandoné.
N