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Ausencia

Ausencia
La realidad se desmorona, como un castillo de naipes que se derrumba sin previo aviso. Los días se confunden, se mezclan, se pierden en el vacío. No hay brújula, no hay norte, solo un laberinto de espejos que reflejan una imagen distorsionada de mí misma. Me siento como una hoja seca, arrastrada por el viento, sin dirección, sin propósito.
La vida se ha convertido en un susurro, un murmullo lejano que apenas se oye. Las palabras se han vuelto huecas, vacías, sin sentido. La soledad es un manto que me envuelve, un abrazo que me asfixia. Me siento como un fantasma que vaga por un mundo que no es el suyo, buscando algo que no puedo encontrar.

No recuerdo cuándo fue la última vez que sentí algo, que sentí que estaba viva. La apatía me ha consumido, me ha devorado. Me he convertido en un autómata, en una máquina que respira, que come, que duerme. Pero no vivo. No siento el calor del sol en mi piel, no siento el sabor de la comida en mi lengua, no siento el latido de mi corazón en mi pecho.
La desesperanza es un peso que me aplasta, que me hunde en un abismo sin fondo. No hay salida, no hay escapatoria. Solo el dolor, el sufrimiento, la oscuridad. Y en medio de esta negrura, me pregunto si alguien, alguna vez, se habrá dado cuenta de que estoy aquí, de que existo. Me pregunto si alguien, alguna vez, me habrá amado de verdad.
Me siento como una estrella que se ha apagado, como un fuego que se ha extinguido. No hay luz, no hay calor, solo la oscuridad y el frío. Y en esta oscuridad, me pierdo, me disuelvo, me convierto en nada.

Y ahora, en este silencio eterno, solo queda el recuerdo de lo que fui, la sombra de lo que pudo ser. Me pierdo en la nada, como una lágrima que cae en el mar, sin dejar rastro, sin dejar huella.