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Cenizas que no me quedaron

Cenizas que no me quedaron
Pero el ave fénix no pregunta permiso para resucitar. Simplemente lo hace. Un día el fuego se apaga, las cenizas se enfrían, y de ellas sale algo que no reconoces. Algo que no esperabas. Algo que tú no destruiste del todo, aunque creíste haberlo hecho.
El cielo es más azul ahora. No porque las nubes se hayan ido, sino porque yo dejé de mirar solo el gris. Porque aprendí que el azul también existe, que siempre existió, pero yo tenía los ojos cerrados esperando que tú me los abrieras. Y tú nunca llegaste. Así que los abrí sola.
No es que no duela. Duele. Pero ya no me define. Ya no es el primer pensamiento, ni el segundo, ni el que me despierta a las tres de la mañana. Ahora hay otros pensamientos. Hay café que me tomo en silencio sin enviarte foto. Hay calles que recorro sin buscar tu coche estacionado. Hay canciones que escucho completas sin que se me cierre la garganta.
Hay vida. Mía. De verdad.
Me levanté de las cenizas sin prisa. Sin prisa porque nadie me esperaba, porque no tenía que llegar a ningún lado, porque por primera vez en años mi tiempo era mío. Me levanté torpe, con las alas rotas, sin saber volar. Tropecé. Caí otra vez. Pero esta vez el suelo era diferente. Era mío. No era el vacío que tú dejabas. Era tierra firme, la que yo misma elegí pisar.
Y un día, sin fecha en el calendario, sin aviso, sin ceremonia, me di cuenta de que estaba volando. No alto, no lejos, no perfecto. Pero volando. Sola. Sin tu viento, sin tu permiso, sin tu mirada que nunca me sostuvo.
El cielo es más azul. Lo juro. Es más azul porque yo lo pinto así. Porque dejé de esperar que alguien me trajera el color. Porque aprendí que la soledad no es ausencia de amor, es presencia de mí. De la que fui, de la que soy, de la que estoy por ser.
Ya no añoro esa familia que no tuve. No porque no duela, sino porque ahora construyo otra. Diferente. Imperfecta. Pero real. Conmigo, con quien elija estar, con quien elija quedarse. Sin rogar, sin encogerme, sin hacerme pequeña para caber.
Los proyectos que nunca fueron ya no son fantasmas. Son semillas que no planté porque el terreno era tuyo y tú no dejabas crecer nada. Ahora el terreno es mío. Y planto lo que quiero. Lento, torpe, con las manos sucias. Pero planto. Y algo crece. Algo siempre crece cuando dejas de pisotearlo.
Me caí. Sí. Pero de la caída aprendí algo que tú nunca supiste: que el suelo no es el final. Es el principio. Es desde donde te impulsas. Es desde donde saltas.
Y salto. Todos los días salto. A veces caigo corto, a veces no llego, a veces el aire me golpea la cara y quiero rendirme. Pero salto. Porque rendirme ya no es opción. Porque ya me rendí una vez, contigo, y vi lo que cuesta: la mitad de la vida, la mitad de mí, la mitad de todo lo que podría haber sido.
No más mitades. Quiero enteros. Quiero completos. Quiero lo que me toca y lo que me merezco y lo que yo misma me doy.
El cielo es más azul. Y no es porque tú te hayas ido. Es porque yo llegué. Porque después de tanto buscarte a ti, me encontré a mí. Y resulta que estaba ahí, enterrada, esperando. No a que tú me salvaras. A que yo decidiera salvarme.
Decidí. Lo hice. Lo hago todos los días.
El ave fénix no pregunta permiso. No pide perdón. No mira atrás para ver si alguien la aplaude. Simplemente arde, cae, y vuelve. Una y otra vez. Hasta que el fuego ya no quema, sino que ilumina.
Yo ilumino ahora. No mucho, no siempre, no para todos. Pero ilumino. Y es suficiente. Es más que suficiente.
Es todo.