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Contradicción

Contradicción
Hay un sentimiento en mí que no se puede borrar. Hablo como quien aprendió a defenderse sola, pero de una forma equivocada.

Contradicción.

Eso soy: una ambigüedad entre mente y cuerpo, cuerpo y corazón. Un sacrificio indefinido, un límite filoso, como quien empuña una daga sin saber cuándo soltarla.

Hablo porque me cansé de herir con ese filo. Y lloro de ira porque ya no quiero ser sacrificio.

¿Qué es eso que moja mis palabras?
No es más que el llanto profundo y confuso de un alma que nació y creció para ayudar, pero que nunca fue sostenida.

Yo, que aprendo y enseño de la vida, me cansé de sostener esta espada. Me siento desterrada del mundo en el que crecí y añoro, con valentía, el descanso. No como huida, sino como silencio.
Entonces vuelve la contradicción.

Quiero sanar al resto, pero nada ni nadie parece poder sanarme. Quizás porque me enseñaron que ese era mi destino: el sacrificio. Llegar a la vida de quienes acompaño, sostenerlos, y recibir a cambio el olvido o límites más filosos que mi propia daga.

Contradicción.

Me apena mi situación. Me siento abandonada por el grande, por el único que me dio este don lleno de amor y paciencia. Algo inmenso me creó y dejó en mi alma un propósito, y con él, el peso de sentir el dolor de la humanidad sobre los hombros.

Si fui creada para amar, sanar y acompañar,
¿por qué cargo con el destierro de los ajenos?
¿Por qué soy apartada y detestada?
¿Solo por ser justa, por amar, por proteger?

Me retuerzo ante tanto odio injustificado, pero aun así deseo que quienes me rechazan aprendan a mirarme con ojos de ternura. Porque, incluso herida, sigo queriendo el bien mayor.

Contradicción.

A veces deseo que quemen sus lenguas al pronunciar mi nombre. ¿Me vuelve eso una mala persona, o tan solo me recuerda que soy humana? exclamo al cielo que me señale un camino mejor, porque quiero continuar siendo buena pero tambien grito que de una vez por todas arranque la ingenuidad que siempre hace ofrecerme por los otros sin esperar nada a cambio, mas que mi propia pena cuando el resto decida soltarme.

Y al final del día, cuando todo calla, regreso a la misma pregunta, suspendida en el aire, sin respuesta todavía: ¿Es mejor hablar o morir?