Crónica de un desamor anunciado
He reflexionado sobre la idea de plasmar en palabras cada vez que mis pasos han tropezado con los restos de emociones ajenas, esas que se desmoronaron justo antes de cruzarse en mi camino. Sin darme cuenta, pisé fragmentos que no me correspondían y terminé con las manos doloridas, magulladas por conflictos que ni siquiera eran míos. Ya sabes que mi sentido de la dirección nunca fue mi fuerte, y ahora avanzo con esa inseguridad propia de quien ya no distingue el firme del terreno inestable.
A veces me invade un anhelo de encontrar un respiro, de que la intensidad disminuya de repente, con la esperanza de que, en esa pausa, logre por fin reencontrarme. Siento que he pasado demasiado tiempo sintiéndome ajena a mí misma, habitando en los márgenes de mi propia esencia. Consideré la posibilidad de buscar una vía para alejarme rápidamente, un camino de vuelta hacia un espacio conocido, pero el coste es elevado si calculo lo que ya he dedicado a mantenerme erguida a través de los tiempos difíciles. Supongo que cierta resignación es lo que queda; si no se acepta lo que uno es, difícilmente se encontrará aceptación en otra parte.
Me ha tomado tiempo, dos estaciones completas de frío y penumbra, comprender que un intento forzado de alegría es, en realidad, una manifestación de vulnerabilidad. En ese esfuerzo por ocultar la dificultad, se evidencia con demasiada claridad la lucha interna. Al final, somos poco más que un esbozo sin terminar, una línea trazada por alguien sin la intención de convertirla en algo definido.
Hay lugares en esta ciudad que han dejado de ser simplemente espacios para convertirse en recordatorios. El mapa de mi día a día es ahora un recorrido donde cada esquina susurra que tu ausencia ocupa este lugar. Es lo único que logro descifrar de este patrón repetitivo y monótono que insisto en llamar existencia.
Te he dejado la maleta hecha junto a la puerta, pero hoy me he dado cuenta de la verdad más amarga: no la he llenado con tu ropa, sino con los pedazos de mí que aún te pertenecen. La he cerrado con candado para que, cuando cruces el umbral, no te lleves solo tus cosas, sino que te lleves también el cadáver de lo que fuimos.
Vete ya, porque lo único que me queda de ti es este silencio que me asfixia, y prefiero que me falte el aire a solas que morir viendo cómo me olvidas mientras todavía estás delante de mí.
L