¿Cuánto vale?
¿Cuánto vale?
Dime tú,
¿cuánto vale un suspiro,
una palabra dada,
un pedazo de alma ofrecido en tres sonidos?
Yo pido tres palabras
Solo tres
para construir un universo.
Tres puertas,
tres llamas,
tres semillas.
Y con eso basta
para que mi pecho abra una grieta
y salga un poema
como quien rompe la tierra
para que nazca un brote.
Porque un poema,
cuando nace,
nace para siempre.
Aunque lo olvides.
Aunque lo pierdas.
Aunque lo rompas.
Y vuelvo a la pregunta:
¿Cuánto vale?
¿Cuánto vale la fuerza de un roble?
Ese que nadie mira,
ese que resiste
cuando la noche se olvida del sol
y la tierra cruje
como si también estuviera cansada.
Todos resisten,
todos se aferran,
cuando parece que no hay nada
que sostenga.
Y yo,
yo me aferro igual.
Me aferro a cada suspiro
como quien se aferra a una cuerda fina
sobre un abismo antiguo.
Me aferro a ese hilo invisible
que me recuerda que estoy viva,
y al mismo tiempo
me acerca a la muerte,
porque cada respiro
es también una despedida
de lo que ya no soy.
¿Cuánto vale una vida?
¿Cuánto vale una muerte?
¿Cuánto vale este tránsito
entre un latido y otro?
¿Cuánto?
¿Cuánto?
¿Cuánto?
¿Cuánto?
El mundo insiste
en poner precio a todo:
a la flor que nace,
al silencio que cura,
al dolor que rompe,
a la herida que enseña.
Queremos saber cuánto vale,
queremos etiquetar el misterio
como si el misterio
fuera un objeto de feria.
Queremos comprarlo todo y lo esencial no tiene precio
Pero somos ingenuos.
Ingenuas.
Infantes perdidos midiendo el viento,
creyendo que la lluvia
se puede guardar en los bolsillos.
Nada vale.
Y a la vez,
todo vale más de lo que vale.
Una vida no tiene costo,
una muerte no tiene cifra,
un suspiro no se pesa,
una raíz no se vende.
Todo lo que importa
es invisible a los mercados.
Y yo,
yo sigo preguntando cuánto vale
para recordarme
que las preguntas también son oración,
y que el poema
es la única moneda
que realmente tengo.
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