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DECISIONES

Solté un timón que llevaba demasiado tiempo sosteniendo.

No porque el mar estuviera calmo, sino porque ya no podía seguir fingiendo que sabía hacia dónde iba.

Hay momentos en la vida en que uno se da cuenta de que no está viviendo… está sosteniendo una versión de sí mismo para que nada alrededor se rompa.

Y en ese intento silencioso, el que se va quebrando por dentro es uno.

Así que un día cambié de rumbo.

No fue un giro elegante.

Fue más bien como arrancarse de una corriente que arrastra: duele, raspa, deja marcas.

Pero aprendí algo que nadie te enseña:

la felicidad es un fuego caprichoso, aparece y desaparece…

la paz, en cambio, es una tierra firme donde uno puede volver a plantar.

Y yo necesitaba tierra.

Así que caminé.

Con dudas, con miedo, con amor también.

Hoy el paisaje todavía se está acomodando.

Hay cosas que siguen doliendo como ramas recién quebradas.

Pero el tiempo —ese viejo sabio que nunca se apura— me fue susurrando algo al oído:

que a veces perder el rumbo que conocías

es la única forma de empezar a vivir uno verdadero.

Y aunque el camino no sea más fácil, al menos ahora cada paso suena a verdad.