Del reposo al cansancio
La vida no es complicada (divulgan los abuelos): trabajo y descanso. Nada más.
Esas palabras no son nada, pero sabiendo que fue mi única herencia, traté de sembrarlas.
Yo creía, creía esas palabras débiles y carentes de vehemencia,
hasta que conocí a mi cuarto.
Sí, exacto, a mi cuarto.
Después de las excesivas risas o los comentarios sutiles,
llega la hora de descansar, en una hermosa y suave cama
que se amolda a mi cuerpo al sentarme en ella.
Este gesto es como respirar a través del colchón.
Todo está como lo dejé: esa media en el suelo o esa basura fuera de lugar.
Pero ahora algo cambió.
En la luz clara del alba, por la ventana se dibuja en la sombra felicidad,
y en la noche me grita: ¡¡VETE!! ¡¡VETE!!
Y en un complot junto a mis experiencias del día, me encierran
hasta anegar mi corazón con soledad y tristeza.
¿Dónde quedó la felicidad?
Todo ha cambiado. Mi espejo refleja ademanes de odio contra mí.
Todo ha cambiado. Mis sentidos se agudizan
y puedo escuchar mis torpes y cansadas pisadas
junto a mi impertinente corazón con un tum, tum, tum.
Esto pasará rápido (siempre lo pienso), estoy tan lejos.
Esa amistad de cuatro paredes, bipolar tras el crepúsculo del vesperal,
me ha hecho vivir lo ideal para decir:
la felicidad no es suficiente para vivir.
Ese calabozo que llamo amistad, y en el que por voluntad propia me envuelvo,
me guía a convertirme en una basura, pero en este caso, en su lugar.
En las esquinas donde no llega la luz artificial hay una fortaleza
con pensamientos e ideales de derrocarme con mucha frivolidad.
Yo, estando de pie, mis manos tiemblan al ritmo del viento que anhelo tocar, sentir.
—Corran, por favor, o al menos muévanse— dicto a mis piernas,
y ellas, con tal firmeza que comparto con mis pensamientos,
hago lo más coherente: me quedo quieto.
Parece que alguien ganó...
De repente, por el costado derecho, las bisagras de la puerta comienzan a sonar
y con mucha paciencia dejan entrar una dulce voz.
—Hijo, baja a comer—
Ja, ja. El cabello negro liso y los ojos... Ojos cafés,
y la ropa... Blanca. No, era verde.
Casi no me recuerdo bien, pero con tristeza la volví a ver
y respondí agitando mi cabeza y un rictus positivo.
Se fue, como en todas las noches, sin cerrar por completo la puerta.
Y por debajo se deslizó un viento frío que tocó mis pies desnudos, haciéndome erizar la piel.
Me enojé. Le reclamé a mi habitación escupiéndole maldiciones
y, con la cara de color furia, salí.
Afuera, la interminable naturaleza con un prado verde que se agitaba a son del viento
me hizo dar temor de lo que se esconde en el espeso verde,
porque me hace recordar esa ropa, antigua y con un olor a infancia dulce y cariñosa.
Todo me recuerda a ella al terminar la discusión, una y otra vez, con esa pieza de valor.
Y volví a ver, sabiendo ya lo que vería:
el único tesoro desgastado por el tiempo, con su techo agujereado y ventanas rotas.
Sí, esa es mi cómoda habitación.
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