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Dónde aún estabas

Dónde aún estabas
‎Volví a la misma casa,
‎pero esta vez el silencio
‎no pesaba igual.
‎Las puertas ya no estaban cerradas,
‎solo esperaban
‎a que me atreviera a abrirlas.
‎Caminé más lento,
‎como si el tiempo
‎por fin me estuviera esperando a mí.
‎Y entonces te vi.
‎No en una cama,
‎no en el final que temía,
‎sino sentada en la orilla de algo
‎que no sabría nombrar:
‎entre la vida
‎y un descanso sin miedo.
‎Me miraste
‎como si siempre hubieras sabido
‎que iba a llegar tarde…
‎pero no lo suficiente.
‎No dijiste nada,
‎y aun así entendí todo.
‎Que el amor no avisa,
‎pero tampoco se pierde.
‎Que hay despedidas
‎que no necesitan palabras.
‎Quise acercarme más,
‎decirte todo lo que en el otro sueño
‎se me quedó atorado en el pecho,
‎pero tú solo sonreíste,
‎con esa calma
‎que no pertenece a este mundo.
‎Y en ese gesto
‎me devolviste algo que creí perdido:
‎la oportunidad.
‎No de cambiar el final,
‎sino de sentirlo completo.
‎Cuando desperté,
‎ya no había prisa en mis manos,
‎ni miedo rompiéndome la voz.
‎Solo una certeza suave:
‎que incluso en los sueños
‎donde creemos no haber llegado,
‎a veces
‎también somos esperados.