Dónde mi alma no llega
Siento su aliento
invadiendo cada rincón de mi boca,
y trago ese amargo silencio
como quien bebe veneno sin protestar.
Desciende lento por mi garganta,
ardiendo,
hasta instalarse en mi pecho
como un ácido que no se ve,
pero consume.
Su piel roza la mía,
caliente, insistente,
y sus labios —suaves—
dejan besos que parecen ternura,
aunque sus manos
no saben soltar.
Me aprieta
como si fuera a desvanecerme,
como agua escapando entre sus dedos,
como algo que ya no le pertenece.
Su rostro se pierde en el placer,
su cuerpo se aferra al mío,
y él…
se hunde en mí
como si ahí encontrara todo.
Pero yo…
yo no estoy.
Soy ausencia en carne viva,
un cuerpo que responde
mientras el alma se dispersa.
Mis pensamientos saltan,
huyen,
viajan entre lo que fue
y lo que nunca será.
Estoy,
pero no habito.
Y mi alma, errante,
sigue buscando
algún lugar,
alguna piel,
donde por fin
pueda quedarse.