Hace muchos años se decía que el sol le pidió matrimonio a la luna.
Que si ella decía que sí,él explotaría de alegría,
llenando el cielo de luz infinita.
Pero que si decía que no,
el sol se apagaría de tristeza,
dejando al mundo sin calor.
Por eso la luna lo pensó,
y por su amor hacia el sol respondió:“no sé”.
Desde entonces,
cada eclipse es el sol preguntando en silencio:“¿ya lo pensaste?”.
Y Saturno,
desde ese instante,
sigue guardando sus anillos como testigo del tiempo.
La luna se acerca,
lo cubre apenas,lo mira sin tocarlo,
aún sin una respuesta.
No es rechazo,
es espera.No es distancia,
es cuidado.
Porque hay amores que no necesitan un sí,
ni sobreviven a un no;solo existenen ese instante perfectodonde el mundo se oscurece y dos astros se siguen amandodesde lejos.
Y es ahí donde entendemosque el eclipse no es solo algo científico,sino que se ha vueltoamor,
espera y dos planetasdispuestos a amarse