El Amor de Dios
No me alcanzan las palabras,
ni los siglos,
para medir la hondura de Su abrazo.
Él me miró cuando yo estaba roto,
cuando mi alma era un desierto,
y me llamó hijo.
Su amor no se negocia,
no se compra,
no se pierde.
Es un río que corre hacia el corazón cansado,
una cruz que grita:
“Te amé primero”.
¿Quién puede resistir
a un Dios que sangra por nosotros,
que abre sus brazos en el madero
y nos ofrece vida eterna?
Hoy,
si escuchas Su voz,
no endurezcas tu corazón.
El mismo que venció la tumba
te espera con los brazos abiertos.
B