El Beso
En ocasiones, no sabes que estás besando.
Hay labios quietos.
Ni siquiera un roce.
Solo un gesto.
Una pausa que se alarga demasiado.
Una mirada que se vuelve refugio.
Los besos no empiezan en la boca:
Empiezan mucho antes.
Cuando te acercas y no sabes si quedarte,
cuando el aire entre dos cuerpos
pesa más que cualquier frase.
Se dan con la espalda,
con las manos que dudan,
con el roce torpe
de una excusa absurda.
Se dan en la puerta,
cuando no sabes si irte o quedarte.
Se dan en los silencios incómodos.
En la primera vez que rozas sin querer su mano
y no te apartas.
Los besos se dan cuando no se dicen las cosas.
Cuando se muerden las frases
y se escapan por los labios,
como si besarte
fuera más fácil que explicarte
por qué me tiemblan los párpados.
Se dan con rabia, a veces,
como quien quiere borrar el daño.
O con ternura,
como quien sabe que el otro está hecho pedazos
y se los guarda.
Los besos no son solo para la boca.
También se dan en los ojos,
cuando alguien te mira y entiende.
En la espalda,
cuando alguien te abraza y no miente.
Se dan cuando ya no hay palabras,
pero tampoco hace falta.
Y entonces, sí,
entonces se posan en la boca,
como quien regresa
a casa.
O como quien aprende el silencio del otro,
y en vez de huir, se queda.
Como quien cierra los ojos,
no para no ver,
sino para sentir mejor.
L