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Él

Él
En la profundidad del bosque él escribe un verso verde.
La pausa de cada renglón es la misma que la de un sorbo de cerveza, la misma para recordar con qué rima olvidar.

Recita para los arbustos, que lo escuchan con admiración y le aplauden cuando el aire le hace señas con su codo de viento.
La elocuencia de su lengua, la interpretación que hace sin zapatos, el movimiento de sus muecas… la lágrima del verso final.

Puede pensar por horas con su mirada débil, cuesta abajo, mientras caen sobre él hojas marchitas en tributo a su arte no entendido.

Una hormiga pellizca su pie y él retoma su creyón y su hoja arrugada llena de borrones.

A lo lejos, nubes grises vienen hablando con voz de trueno, persiguiendo al viento, que pasa por encima asustado y atropella el esqueleto de madera foliado.

Y llueve. Hace frío. Él se acurruca.

Pronto pasa.

Se dispone a guardar la hoja y su poema, pero la encuentra empapada, con la letra ininteligible: solo letras derretidas y gotas que se escurren.

Y lo peor es que no recuerda qué escribió.
Se marcha cabizbajo y mojado, dejando aquel bosque igual de solo y triste.
Él