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El día incómodo Ayer salí de casa al amanecer, pensando que sería un buen día…

El día incómodo

Ayer salí de casa al amanecer,

pensando que sería un buen día para crecer.

Llevaba mis planes, mi fuerza y mi empeño,

sin imaginar que cargaría un extraño sueño.

Llegué a la oficina y saludé al pasar,

como siempre dispuesta a trabajar.

Entre colegas, risas y conversación,

algo pesaba dentro de mi corazón.

Había alguien nuevo en aquella ocasión,

pero no era él la causa de mi confusión.

Era un vacío difícil de explicar,

como estar presente sin lograr estar.

Las horas pasaban con lenta lentitud,

mientras yo escondía mi inquietud.

Ellos reían, hablaban sin parar,

y yo solo quería en silencio observar.

Entonces llegaron palabras al azar,

de esas que uno preferiría no escuchar.

Comentarios llenos de presunción,

que dejaron un sabor amargo en la ocasión.

Hablaba de mujeres, dinero y apariencia,

como si aquello fuera toda la esencia.

Creyéndose importante por llamar la atención,

sin notar la pobreza de su propia visión.

Porque el valor no se mide por presumir,

ni por historias que uno quiere fingir.

Las verdaderas metas se ven al andar,

en lo que construyes y puedes lograr.

Mientras él dibujaba castillos de vanidad,

yo observaba en silencio la realidad.

Y comprendí que a veces el ruido exterior,

no merece espacio dentro de tu interior.

Al volver la noche y recordar aquel día,

entendí mejor mi propia melancolía.

No era él quien me robaba la calma,

era el cansancio que habitaba en mi alma.

Y así terminó aquella extraña jornada,

con una lección sencilla, pero marcada:

que algunas personas pasan sin dejar huella,

mientras uno sigue buscando su propia estrella.