El Eclipse del Siempre
Tú vistes de fuego y yo me abrigo de frío,
dos orillas distantes de un mismo y turbio río.
Eres el estruendo de la vida que despierta,
y yo el silencio blanco de una alcoba desierta.
Qué ironía de los astros, qué castigo tan clemente:
que el alma te reconozca, pero te niegue la mente.
Eres el horizonte que mis pasos van buscando,
ese que, mientras más corro, más se sigue alejando.
No es la distancia en leguas lo que nos separa,
ni el muro de granito que el destino nos prepara;
es la ley del universo, ese juez tan implacable,
que nos hizo necesarios, pero incomunicables.
Te llevo en la mirada como un brillo prohibido,
como el nombre que se calla para no ser herido.
Eres mi mejor historia, la que nunca leeré,
el altar de una iglesia en la que nunca creeré.
Y aunque el cielo nos obligue a girar en soledad,
mi sombra te busca siempre con terca fidelidad;
porque en este amor sin manos, sin besos y sin nombre,
somos el sueño más puro que haya soñado el hombre.
V