V

El Encuentro de los Siglos

El Encuentro de los Siglos
Ella trae en los ojos el brillo de lo que empieza,
una mañana de mayo que no conoce el ocaso;
él guarda en su voz el peso de una antigua nobleza,
el eco de mil vidas que resuenan en su paso.
Es el choque de dos mundos, de dos ritmos, de dos cielos:
la juventud es un rayo que incendia la llanura,
y el alma vieja es el bosque que, entre sombras y desvelos,
sabe que el fuego es apenas una caricia que dura.
Míralos bien: ella le enseña a olvidar lo aprendido,
a saltar sin red de seguridad hacia el abismo;
él le enseña que el viento tiene un lenguaje dormido
y que amar no es perderse, sino hallar el propio sí mismo.
Ella es la tinta fresca que busca una hoja en blanco,
él es el pergamino que ya no teme a la herida;
se sientan juntos al borde de ese eterno barranco
donde el tiempo se detiene a contemplar la vida.
No hay desfase en sus almas, solo una música nueva, una rima perfecta entre la urgencia y la calma;
él pone la raíz que ante la tormenta se eleva,
y ella pone las flores que le devuelven el alma.
Que no digan que el tiempo es un muro que separa,
porque el amor de verdad no tiene fecha ni era;
es solo una luz antigua que en una cara muy rara
ha encontrado, por fin, su eterna primavera.
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