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EL PESO DE LA SANGRE

EL PESO DE LA SANGRE
​Hoy te toca masticar el vidrio de tu propio desastre.
Estás ahí,
pagando el precio de haber creído que el mundo era tuyo,
cuando en realidad solo estabas construyendo los barrotes de tu propia condena.
Te convertiste en un jilguero mudo,
un pájaro que se olvidó de la música porque la jaula le queda chica y la culpa le queda grande.
​La vida es así, hermano: no perdona.
Te dio la espalda el mundo y hasta la sangre se te volvió extraña.
Pero acá estoy yo, rompiendo mi propia promesa de ser duro,
de dejar que te hundas solo para que aprendas.
​Quise odiar tus errores, quise dar media vuelta y no mirar atrás.
Pero me ganó la memoria.
Me ganaron esas tardes de juegos brutos,
de macanas compartidas y de esas risas que solo nosotros entendíamos.
Porque antes de ser este hombre roto que sos hoy, fuiste mi cómplice.
​Me falló el orgullo, pero me ganó el recuerdo.
No puedo soltarte la mano, aunque vos mismo hayas soltado el rumbo.
Porque al final del día,
aunque el mundo te haya cerrado la puerta,
yo sigo acá afuera,
esperando que te acuerdes de cómo se volaba