El pez plateado
El acero muerde la noche,
verde perfil de la orilla;
un caminante sin coche
baja por la pesadilla.
La sangre busca el camino
entre la cal y la arena,
mientras el viento adivino
suelta su larga cadena.
¡Ay, qué espinas de frío
clavan los juncos del río!
Bajo el dintel del olvido
duerme la muerte sentada;
lleva un vestido ceñido
de escarcha y de madrugada.
El cielo, cristal amargo,
mira la herida abierta;
un silencio largo, largo,
llama a la blanca puerta.
¡Ay, qué espinas de frío
clavan los juncos del río!
La vara de mimbre oscila
sobre el agua estancada,
donde el pez de plata vigila
con la mirada clavada.
No preguntes por el rumbo,
que el tiempo se volvió piedra;
todo se va por el muro
bajo el abrazo de hiedra.
¡Ay, qué espinas de frío
clavan los juncos del río!
En el yunque de la tarde
golpea un martillo mudo,
mientras el horizonte arde
tras un acero desnudo.
Agrias voces tiene el aire,
negros gritos tiene el monte;
nadie baila ya este baile
frente al sordo horizonte.
¡Ay, qué espinas de frío
clavan los juncos del río!
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