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El pozo de los lamentos

El pozo de los lamentos
La sombra de piedra negra
cae sobre el olivar.
Un caballo sin jinete
muerde el polvo del erial.

El río no lleva agua,
lleva espinas de cristal;
se desangra la granada
en el luto del metal.

¡Ay, amor de pura arena!
La tierra ya no responde,
y el grito de la cigarra
en la sombra se me esconde.

No busques el rastro frío
debajo de la paloma;
la muerte espera sentada,
mira el monte, se desploma.

El herraje de la fragua
muerde el aire con su aliento,
y el toro de la agonía
busca un pecho sin sustento.

Se rompen las guitarras
bajo la ley del olvido,
mientras el aire se enreda
en un clavel ya perdido.

Nadie pregunta por nadie
en la orilla del camino;
el rastro de las espuelas
se lo ha tragado el destino.

Las campanas de la torre
tienen la lengua de barro,
y en el fondo del aljibe
se desmorona un guijarro.

Siete heridas tiene el cielo,
siete llantos en la rama,
que la sangre no perdona
cuando el silencio la llama.

Un niño de yeso buscaba
el latido del granero,
pero encontró solo el filo
de un cuchillo de acero.

Un gallo de cresta rota
llora sobre el callejón.
La tarde baja descalza
al fondo del panteón.