EL PROTECTOR
La ciudad es ruidosa, conduciendo un auto que es de mi jefa
corriendo por el asfalto.
Me volví un hombre callado, desde aquel día que perdí a mi gran amor.
Encontré un trabajo, gracias a un amigo,
de guarda espaldas y de chofer
de una importante mujer.
Un retrovisor me deja ver el mundo desde atrás,
y el retrovisor de adentro me deja verla disimulado a ella,
y por el parabrisas veo lo demás.
Las personas en las calles parecen no encontrar algún rumbo en sus vidas,
y lo único que me hace ser diferente a los demás
es el placer de llevarla a ella a donde sus órdenes me lo digan.
Porque me gusta como me mira cuando se queda distraída mirándome por el espejo;
yo voy muy serio y solo giro los ojos brevemente, y ella se sobresalta un poco.
Varias veces a la semana pasa eso,
yo nunca digo más de dos palabras, al menos que ella me hable para explicarme algunas cosas.
Ella ve que soy un hombre rudo y eso la hace sentir protegida.
Cuando está nerviosa que la miro por el espejito,
hace como si me va a dar una orden y se queda quietecita,
y esbozo una pequeña sonrisa por ella.
Ella hace que yo me sienta bien en este mundo de maniquíes ambulantes.
Mi nombre es Charlie Congers y el de mi jefa es Jakie, hermosa por demás.
Ella antes de subir al coche me ve como si yo fuese un hombre de roca y acero,
y antes de entrar siempre tiene la premisa de verme a los ojos.
Ella me hace sentir como si estoy en una película de acción de Charles Bronson,
protegiéndola del mal.
El día y la tarde siempre juega con las miradas nerviosas de ella
y la tranquilidad de mi corta mirada.
La siento tan diferente a pesar de que tiene poder,
y cuando va conmigo se ve muy vulnerable.
Yo siempre voy detrás de su rastro cuidándola, en cualquier edificio o lugar
que decida estar o entrar.
Ella fue la esposa de un hombre importante y está cansada de huir de sus amenazas.
Hasta que un día se puso a llorar detrás del asiento del Mercedes Benz.
Me quedé muy sorprendido y con voz grave le digo: “Dígame, ¿le sucede algo?”.
mientras me detenía en una de las aceras de la ciudad;
al abrir la puerta de donde ella estaba, me senté a su lado
y le dije: “No se preocupe, yo la estoy protegiendo”.
Y me dijo: “Gracias, Charlie”.
Cuando una bala traspasó el vidrio del parabrisas,
ella gritó y nos agachamos.
Como pude, salte a la parte del volante.
Ella sacó una dirección en una postal y me la dio, que decía:
“Diríjase a los Alpes”.
Llegamos a una cabaña donde se escondió,
y me dijo: “Aquí estaré segura por los momentos”.
Y me dijo: “Charlie, no se vaya, lo necesito en mi vida”.
Y me dio un beso corto y seco en la boca.
[End]
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