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Esa bil amante obscura que hoy, solo hoy dejó desenmascararse a esa pobre…

Esa bil amante obscura que hoy, solo hoy dejó desenmascararse a esa pobre víctima.

La dejó salir de ese cuarto tétrico, tenebroso y sin lumbre,

para dar una pequeña bocanada de aire de tan solo unos segundos

en donde ese segundo bastó para desahogarse y plasmarlo.

Pasan los días encerrado con el corazón latiendo tan rápido que pareciera que explotaría,

ansioso, desconociendo el futuro que lo atormenta tanto,

tanto así que sus piernas, sus manos, su cuerpo tiembla a la vez entumecido,

ojos palpitantes mirando la nada mientras la nada se pone borrosa.

Pero es el menor de los problemas, hay algo peor.

Sí, mucho peor: su mente.

Cuenco de males pasados, presentes y futuros.

Refugio de monstruos, sombras sin rostros,

con uñas tan largas que desgarran cada pequeña luz que logra entrar.

Pero ellos lo abrazan tan fuerte, como si tuvieran miedo,

miedo de que logre escaparse,

y él solo los abraza

porque simplemente en ese cuarto

no hay nada más que abrazar.

Pero al mismo tiempo, sus miradas penetrantes juzgándolo todo, sus gritos:

—HIJO DE PUTA, SOS UNA MIERDA, NO SERVÍS, NADIE TE QUIERE,

¿QUIÉN TE PUEDE AMAR ASÍ COMO SOS?

TODO LO QUE PASA ES TU CULPA, NO VALES LA PENA,

JAJAJA, QUÉ PENA QUE NO LO HICISTE ESE DÍA,

POCOS HUEVOS, SIN VALOR.

—Jajaja, no te enojes, ¿por qué llorás?

Vení, acostate, hoy no hagas nada.

No hace falta limpiar, no te bañes.

Si tenés hambre, comé algo,

pero yo sé que no lo vas a hacer.

Mírate: ya estás flaco y barbudo.

No pasa nada igual, no creo que venga a verte nadie.

Esto es su día a día en su cabeza.

Pero a él se lo ve feliz, siempre con una sonrisa,

ayuda si hay que ayudar, siempre dispuesto para todos,

aunque no sea de muchos amigos.

Y así como se ve, está en constante guerra consigo mismo.

Cada tanto se asoma una mano con luz que lo sostiene,

pero es una luz fugaz.

Sueños, claro que tiene.

Sueña con cordeles que lo hacen volar

y ahí es donde se siente tranquilo.

Se despierta y se afeita la sonrisa

como quien pone una máscara de látex: resistente a la vista, frágil al tacto.

Sale porque hay que salir: comprar pan, fingir interés,

responder «bien» cuando todo clama lo contrario.

Sus palabras son moneda corriente que siempre vuelve sin valor.

Adentro, la bil amante obscura no duerme,

practica persecución con reloj en mano.

Le recuerda fechas que no existen, errores que inventa,

nombres que no nombró.

—¿LO VES? TE DIJE QUE IBAS A FALLAR.

Y él asiente sin mover la boca

porque a veces las respuestas son solamente respiraciones cortas.

Se le adelgazan las certezas como ropa vieja;

se le acomodan los miedos en los bolsillos.

Camina por la calle con mil silencios metidos en la garganta,

y nadie nota que lleva una bomba de tiempo en el pecho.

Los monstruos se reparten el sofá,

hacen café con su paciencia,

ven televisión con su memoria.

Tienen horarios: a las tres vienen los remordimientos,

a las cinco los recuerdos afilados,

a medianoche el festival de los insultos.

HIJO DE PUTA —le gritan—,

y él piensa en cómo sería no sentir el ruido.

A veces trae una almohada para apaciguar los gritos;

otras, solo una canción bajita que nadie escucha.

Hay días de supermercado donde compra luz en lata:

un gesto amable al vecino,

una risa forzada con la cajera.

Esa luz dura lo que dura una caja de fósforos.

Pero también hay manos: no muchas, no fuertes, pero cálidas.

Una mano que llega sin querer,

un mensaje que no esperaba,

un perro que insiste en olfatear su tristeza.

La mano no arregla la casa tomada por sombras,

pero cambia la temperatura de la habitación por un segundo.

Ese segundo pesa toneladas y lo sostiene.

Lo hace respirar más tiempo que lo que la oscuridad le sugiere.

Sueña con cordeles que lo hacen volar —sí, cordeles—,

esos hilos que se enredan en el aire

y lo elevan lento, como quien trepa una cuerda al revés.

Allí arriba las voces no pegan tan fuerte;

el mundo baja de volumen

y él aprende —por fin— a escuchar la canción que quiere tararear.

No es curación, no es final feliz.

Es un respiro que le permite ver la grieta donde entra la luz.

Sabe que volverá a caer;

también sabe que cada vez que cae,

aprende un poquito más a ponerse de pie.

Y cuando la noche lo desborda,

cuando la bil amante clava sus uñas,

él murmura con voz de quien no se rinde:

—No me vas a ganar hoy.

Te miro, te nombro, te dejo.

No sos mi dueño.

Después, nadie sabe.

Algunos dicen que esa noche la ciudad entró en su habitación

con olor a lluvia y tránsito,

y que él se levantó y abrió la persiana.

Otros juran que el silencio fue tan hondo

que no volvió a escucharse nada.

Tal vez respiró por última vez,

tal vez respiró por primera.

Dicen que en el alféizar quedó una taza de café tibio,

medio vacía, y la ventana abierta.

Que en la mesa había una nota arrugada sin firmar

y al lado, la luz del celular parpadeando.

Nadie supo si fue despedida o saludo,

si era un adiós definitivo o un volver a empezar.

Un vecino cree haberlo visto caminando de madrugada,

sin paraguas, bajo la tormenta.

Una amiga jura que le llegó un mensaje con un “gracias”

y un corazón sin color.

Para algunos desapareció;

para otros, apenas cambió de piel.

Lo cierto es que el cuarto quedó igual de vacío

y nadie pudo decir con certeza

si el vacío era ausencia

o espacio para algo nuevo.