Escuché por ahí que el amor se acaba,
y sí,
puede ser.
La costumbre te muerde los talones y el desgaste te va comiendo el alma,
pero escuchame bien:
un corazón roto se remienda.
No se tira a la basura lo que costó una vida construir;
se arregla con cariño, con constancia y con los huevos bien puestos y quedarse
y quedarse cuando todo el mundo
te dice que es más fácil escapar.
Porque solo unos pocos entendemos lo que es el amor de verdad.
Ese que te sale de las entrañas,
ese nudo en el estómago
Ese que es puro miedo a perderlo todo,
a no verla nunca más.
Ese Es la alegría de tenerla ahí,
de verla cada mañana,
y de sentir ese vacío desesperado cuando no está
Pero esto es de a dos, o no es nada.
Amar con fuerza es agarrarse de las manos y caminar pateando piedras,
es tirar montañas abajo y desarmar edificios si hace falta,
pero siempre con el hombro pegado al suyo.
Sin soltarse.
Sin rendirse.
Porque amar,
al final del día, es elegirse.
Elegirse cuando el sol brilla,
pero sobre todo cuando el río está picado.
Elegirse cuando no hay ganas,
cuando el cansancio esta a flor de piel
y pelean por ver a quién le toca lavar los platos después de una jornada de mierda.
Amar es desnudarse el alma,
quedarse en carne viva frente al otro
y decir:
"Acá estoy, no me voy a ningún lado".
Amar es la bendita locura de no soltar.
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