Estoy cansado. Cansado de que mi cabeza sea una biblioteca en llamas donde todo ya fue escrito mil veces antes de tocar el papel. Repaso los textos de memoria, los muerdo, los mastico, y cuando quiero bajarlos a la realidad, se vuelven un nudo ciego. Las palabras se atropellan, se empujan, se vuelven un ruido blanco que no me deja elegir la coma justa ni el punto final que tanto necesito.
Cansado de escribirle al amor, pero ¿qué otra cosa queda si es el motor que me inpulsa?
Cansado de escribir sobre la vida, pero ¿qué otra cosa soy sino lo que he transitado?
Mi mente va a mil por hora, en una autopista sin frenos donde la palabra "correcta" no existe, solo existe la palabra que sobrevive.
Es un agotamiento que pesa en los hombros, una fatiga de quien ya se dijo todo a sí mismo y aun así siente que le falta el aire.
Escribir mentalmente cansa, sí. Pero es la única forma que tengo de desatar el nudo. Es el desahogo necesario para no ahogarme en mi propio silencio. Porque al final, prefiero el cansancio de la mano que escribe que el peso del grito que se queda adentro
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