Exhumación propia.
Hay un cadáver enterrado,
sin lápida ni flores.
Nadie vino a llorarlo.
La tierra está hinchada sobre él, tensa.
Me arrodillo.
No rezo.
Clavo los dedos.
La tierra está húmeda. Cede.
Excavo.
Excavo aunque las uñas se quiebren,
aunque la sangre oscurezca el barro.
No sé qué busco,
pero sé que está ahí.
El pulso golpea.
La garganta arde.
La respiración se desarma.
La tierra se abre.
El olor espeso sube, dulce y podrido.
Un rostro deformado,
devorado por el tiempo.
La carne se desprende en hebras.
Quedan mechones sueltos.
Piel apenas adherida al hueso.
Y sin embargo
lo reconozco antes de entenderlo.
Ese cuerpo me pertenece.
Soy yo.
No hay herida visible.
Quizás me fui pudriendo desde dentro.
Quizás todavía lo estoy haciendo.
Pertenezco ahí,
con las manos cubiertas de mí,
respirando lo que fui.
Y lo insoportable
no es la podredumbre.
Es reconocer
que este cuerpo muerto
se parece más a mí
que el que aún camina.
Me invade la envidia.
L