"Fín de trayecto sin retorno"
Así terminé, descalza sobre un suelo que ya no sostenía mis pasos, sino la carga inmensa de un amor que dejó de existir. Los latidos se me hicieron pesados, un recuento incesante de ausencias que perforaban el aire ya viciado de la estancia. Me aferré al borde de la ventana, con la vista fija en un punto que ya no existía, sintiendo cómo cada poro de mi piel absorbía la desolación del ambiente.
La vida se había convertido en un mapa de territorios baldíos, y yo, su única habitante, deambulaba sin rumbo fijo, con la certeza de que el camino solo llevaba a una desolación más profunda y eterna.
El recuerdo de aquellos instantes compartidos, ahora, no era más que un pinchazo constante en el alma, una herida que el tiempo no vendaba, sino que dejaba al descubierto, expuesta al frío perpetuo de mi nueva realidad. Me descubrí contando las horas, no por vivir, sino por ver pasar el castigo de tu partida, sintiendo cómo se me escapaba la vida gota a gota. El aire se sentía denso, cargado con el peso de promesas que jamás se cumplieron, de risas que quedaron atrapadas en el umbral de la puerta. Me hundí en el sofá, donde tu silueta parecía aún marcada, un espectro de lo que fue y ya no sería jamás.
No había rincón en esta morada que no gritara tu falta, cada objeto parecía mirarme con reproche, recordándome mi fracaso. Y lo aceptaba, con la resignación de quien ha luchado una batalla que estaba perdida desde el principio. Una fatiga del alma, que nada tenía que ver con el cuerpo, se apoderó de mí, un agotamiento que me impedía incluso derramar una lágrima. Solo existía el vacío, una caída insondable donde me precipitaba sin frenos, con la única certeza de que el fondo estaba muy, muy lejos.
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