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Heridas

Heridas
Los mismos rostros, tan previsibles. Las mismas voces, tan gastadas. Y estos mismos lugares, convertidos en pasillos sin salida, donde cada paso repite el anterior. He chocado contra una verdad áspera, sin aviso ni tregua, y desde entonces camino ausente, irritada con el mundo y con ese pulso obstinado que insiste en mantenerme aquí.
Hace tiempo que el llanto se quedó atrás, como una habilidad olvidada. Tal vez habría servido para limpiar mi estómago de los esqueletos de las mariposas que hace unos años, anidaban dentro, o para flotar unos centímetros sobre esta marea espesa. Tal vez habría logrado borrar el murmullo constante que, sin alzar la voz, terminó por dejarme aislada. También las situaciones que, sin ceremonia, fueron cerrando las puertas de la alegría. Hace tiempo que la sonrisa se volvió innecesaria.

Resulta complicado entender en qué punto exacto empezó la caída. Supongo que los precipicios no se alcanzan de golpe: se llega a ellos por costumbre, por desgaste, por tolerar lo insoportable hasta que deja de sorprender. Y una mañana cualquiera despiertas y descubres, con una mezcla de espanto y resignación, que tu vida se ha vuelto terreno fértil para la desgracia.
Entonces no sabes qué hacer. Miras atrás y no encuentras senderos, sólo espinas que bloquean cualquier intento de fuga. En ese estado de tensión perpetua construyes tu manera de existir: frágil, dramática, anclada en recuerdos. Una forma barata de seguir adelante, sin red de seguridad. Si caes, nada queda en pie, ni siquiera tus propias ideas.
Mientras tanto, el mundo continúa su marcha indiferente. La gente obtiene sobresalientes en el arte de no mirar. Nadie parece notar que estás sostenida por un hilo invisible. “Qué miserables”, piensas, aunque en el fondo ya te has acostumbrado a perder. Es normal que la esperanza se desgaste, que incluso la idea de caer deje de importar. Porque, llegado cierto punto, dejar de pelear suena tentador. Aun así, permaneces ahí, inmóvil en tu propio abismo, sobreviviendo como puedes, alimentándote de pequeños impulsos que aparecen cuando la memoria rescata tiempos menos duros.

Todo ha terminado volviéndose indiferente. Muchas ganas se quedaron en el camino. Sólo persiste el impulso de escribir estas líneas, con la vaga ilusión de hallar alguna respuesta en ellas, o de convertirme, por azar, en una respuesta para alguien más.
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