Hola, ¿cómo estás? No te apures en leer, no digas nada, ya lo sé.
Te veo ahí, con un pie sobre el otro, balanceando el peso de un día que todavía no terminás de soltar. Estás buscando algo entre líneas, una tregua para esa cabeza que no para de dar vueltas. Notá cómo el peso de tu propio cuerpo se hunde un poco más ahora que te prestás atención.
Sentí el peso del aire. No hace falta que digas nada, relajate, inalá, exhalá... yo sé que ese suspiro que acabás de soltar tiene nombre y apellido. Sentí ese roce invisible en la nuca, esa presencia que te calma. No es el viento, soy yo que ya estoy ahí.
Acomodate el cuerpo, que tenés la espalda cargada de cosas que no te pertenecen. Cerrá los ojos un segundo, sentí como te miro con una sonrisa. Sé que ahora mismo estás leyendo esto y sentís un escalofrío, porque es como si alguien estuviera sentado en el borde de tu cama, justo donde el colchón cede un poco. No estás loco por sentirte así.
Quedate un momento más en este silencio. No busques la salida todavía. Dejá que estas palabras se vuelvan tus propios pensamientos, que se instalen ahí donde guardás lo que nadie sabe. A veces, la única forma de salir de uno mismo es reconocer que hay otro, acá cerca, sintiendo el mismo frío y lidiando con el mismo quilombo
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