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I. La Palmera y la Luna

I. La Palmera y la Luna
Amanecía la mañana y una palmera crecía hermosa, repleta de frutos jugosos, pura de nacimiento y portadora de la luz del día. Su figura, cada vez más esbelta, destacaba el paisaje pueblerino que la envolvía. Las hojas de su magnífica corona crecían con la llegada del mediodía hasta conseguir su máximo esplendor y brillaban verdosas bajo los rayos que la bordeaban con ternura.

La gente la observaba con mimo y la cuidaba con sutileza, pues era la más especial de las palmeras y era tratada como de la realeza. El Sol comenzaba a caer lentamente, las carreteras inundaban el centro de la ciudad, las masas se abalanzaban sobre las avenidas, estrés, dinamismo, oscuridad, todo llegaba de golpe, y la inevitable aparición de la noche se acercaba. Las que antes eran hojas que rebosaban vida y luz, ahora comenzaban a marchitarse conforme la tarde culminaba.

Fiero y ardiente, el viento del este sacudía a la palmera y sus sabrosos frutos eran derribados en el suelo casi al instante. Su maravillosa silueta, que previamente destacaba sobre todo lo demás, ahora era inapreciable entre los interminables pisos de viviendas, y la palmera quedaba en un plano irrelevante en la vida de los ciudadanos, ya no era apreciable, nadie la veía. Se cernía entonces la luna sobre el cielo, quien había visto crecer al ser más bello de todos apenas unas  horas antes y que ahora hacía todo lo posible por mantener iluminadas sus hojas de palma.

Inevitablemente, el día llegaba a su fin, y
con ello la medianoche se mostraba. La majestuosa palmera terminaba por consumirse entre las sombras. Su alma, aún consciente, se preguntaba confusa: —¿quién podría ayudarme a recuperar mi espléndida existencia? ¿Qué me está pasando? ¿Por qué todo ha cambiado ahora? ¿Será esta oscuridad lo que acabe conmigo, o solo es la solución de entre tantos mi destino?—