II. CAORIS
Por la acera iba caminando ensimismado,
observando a la muchedumbre que pasaba por mi lado. Me detenía a pensar en cada una de las personas que se cruzaban por mi camino, cada vida tan dispar de la otra, cada futuro tan incierto y diferente, cada mundo interno de uno mismo.
Me ahogaba en el concepto del tiempo, todo ocurriendo a la vez, todas las vidas en una y en ninguna de la misma forma.
Y no, no era nadie, no había nada que me diferenciara del de al lado. Un sinsentido recíproco, entre mi alma y mis ideas, una dualidad inestable que comenzaba a carcomer mi vereda.
—Soy una cara sin rostro,
en un cuerpo inconsciente,
una sombra sin reflejo,
con una enrevesada mente.
Busco entre la maleza lo que crezco,
y describir mi persona es complicado,
todo lo que veo lo aborrezco,
porque todo luce actuado.
Me dije a mí mismo esas palabras varias veces,
martillándome el cerebro con tal rito de sandeces. Entonces, una voz grave y entonada,
con algo de pena y a modo de balada,
se apoderó de mis tierras de madera y de plata.
—Vives fingiendo y en busca de ser amado,
puede que aún no encontraste lo indicado.
Quieres algo en lo que sentirte involucrado,
quizás no sea a lo que estés destinado.
Ahora te mueres cuando el tiempo pasa,
pero en Caoris naciste y tu alma allí fallece.
Cierto es que allí el dolor de la lluvia florece,
pero la inacción debe llegar al punto en su eje.
Las heridas de tu niñez cubrirás desde casa,
pero no vuelvas a Caoris,
nada allí es lo que parece.
D