impaciencia
Hoy me atreví, confié en la opinión ajena y te escribí. Cada palabra había sido minuciosamente planeada y emocionada me senté a esperar. Imaginaba todas las posibles respuestas que podrías tener para mí.
Y al cabo de unos minutos miré el reloj y en un intento de calma repetí: no más que una tardanza sin importancia, pero la impaciencia me aparecía, sin permiso, sin paciencia, sin que me diera cuenta.
Supongamos que fui a dormir. Por supuesto, no escuché la música silenciosa, aquella que con susurros me lleva a la demencia, y en ella te juro que no busqué tu tan ansiada y esperada respuesta.
Te juro que no rocé la punta de sus dedos, más suaves que las nubes en las que caí en un sueño inevitable. Dormí horas que se sintieron como segundos al sentir el pinchazo del despertar.
Abrí los ojos y otra vez en mi pequeño rincón de estrellas me pregunté si al fin te habrías dignado a aparecer, pero no me sorprendió ver otra vez la ausencia de ti.
L
impaciencia