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Inventario de una herida abierta

Inventario de una herida abierta
Pasa que una se cansa de ser siempre la que espera, la que se queda de pie en mitad de la lluvia viendo cómo el resto encuentra un refugio que a una se le niega. Me he acostumbrado a vivir con las manos vacías, con el pecho lleno de ecos y con una tristeza que se me pega a la piel como si fuera parte de mi propia sombra. Qué vais a saber vosotros de lo que pesa el aire cuando falta alguien, nada. No sabéis lo que es despertar y sentir que el día es un muro demasiado alto, una distancia que no sé cómo recorrer sin que me duelan los huesos.
Aprendí que el amor, a veces, es solo una forma más elegante de llamarle al miedo a estar sola. Me agarré a otros cuerpos como si fueran barcos en mitad de un naufragio, pero me olvidé de que ellos también se estaban hundiendo. Y entonces llegaron los portazos, las despedidas que no se dicen, los huecos en la cama que se vuelven abismos. Se me rompe la mirada de tanto buscar algo que ya no existe, de tanto perseguir el rastro de una felicidad que se me escapó entre los dedos como si fuera arena.
SUEÑOS. Lo escribo así, gritando, porque es lo único que me queda cuando la realidad me golpea con toda su fuerza. Soy una coleccionista de momentos que nunca ocurrieron, de conversaciones que solo mantengo frente al espejo, de abrazos que me doy a mí misma cuando el frío aprieta demasiado. Qué soledad tan inmensa es esta de tener tanto que decir y no tener a nadie que quiera escucharlo. Me he vuelto experta en fingir que no pasa nada, en sonreír mientras por dentro se me está cayendo el cielo a pedazos, en decir que estoy bien cuando el alma me está pidiendo a gritos un poco de tregua.
Ojalá alguien viniera a recogerme los pedazos. Ojalá alguien viera en mis cicatrices una forma de belleza y no un motivo para marcharse. Pero la verdad es que el tiempo no lo cura todo; el tiempo solo me enseña a caminar con la herida abierta, a convivir con ese vacío que se instala en el centro de mi pecho y que no se llena con nada. Me he vuelto una ruina, un edificio abandonado donde un día hubo luz y hoy solo queda el rastro del polvo y el olvido.

Y aquí sigo, mirando por la ventana como si fuera a aparecer un milagro, sabiendo que el invierno ya se ha quedado a vivir dentro de mí. Cierro los ojos, intento recordar cómo era el ruido de tu risa, y solo escucho este silencio que me desmonta, que me deshace, que me mata un poco más cada vez que intento respirar. Porque al final, solo soy eso: una espera que nunca termina, un deseo que se apaga y una inmensa necesidad de que alguien, por una vez, decida quedarse a pesar de todo el desastre que llevo dentro. Solo eso.