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"Invisible, incluso de pie"

"Invisible, incluso de pie"
Ayer salí de casa
con el día aún sin forma,
como quien camina
sin saber que algo va a doler.
La calle respiraba rutina
y yo solo quería llegar.
Pedí una mototaxi,
un gesto simple,
casi invisible,
hasta que un susurro ajeno
decidió por mí:
“es para nosotros”.
Y en ese instante
dejé de ser urgencia
para convertirme en espera.
Esperé…
como se espera en la vida
cuando otros ocupan tu lugar
sin siquiera mirarte.
Llegué al trabajo
con un peso pequeño,
de esos que no se notan
pero se quedan.
Cumplí, como siempre,
como si hacer lo correcto
bastara para existir.
Pero el día aún no terminaba.
Entre calles y promesas de lotes,
mi nombre no fue llamado,
fue lanzado.
Un error mínimo,
una reacción desmedida,
y su voz
—la de quien manda—
se volvió filo
frente a todos.
Yo ahí,
de pie,
sosteniéndome en silencio,
aprendiendo a no quebrarme
en público.
Después…
todo volvió a su lugar.
El problema se resolvió,
el dinero apareció,
las voces bajaron,
y el mundo siguió
como si nada.
Pero yo no.
Yo me quedé un poco atrás,
recogiendo lo que nadie vio,
preguntándome en voz baja
si debía quedarme
o empezar a desaparecer.
Y entendí
que hay días
que no duelen por lo que pasa,
sino por lo que te hacen sentir: