La Cazadora de Auroras
La Cazadora de Auroras
Yo no espero a que el destino me sirva tu nombre en bandeja,
ni me quedo bordando suspiros en el balcón de la espera;
porque el amor que se queda sentado, pronto se añeja,
y mi alma no es un mueble, ¡es una fiera!
He quemado los puentes que me ataban al "quizás",
me he calzado las botas con cuero de tempestad;
si tú eres el viento que corre y no mira hacia atrás,
yo soy la montaña que te alcanza con su inmensidad.
Mírame bien: No soy una sombra que te sigue, soy el sol que te acosa,
el hambre de un camino que solo en tu pecho descansa.
Si el mundo es un laberinto de espinas y prosa,
yo soy la estrofa de fuego que hacia ti se lanza.
Te persigo con la furia de quien sabe lo que vale,
cruzando los mares de duda que otros no osan tocar;
no hay cerrojo, ni tiempo, ni olvido que me resbale,
ni dios que me impida el derecho de irte a buscar.
No busco que me salves, busco que me veas: Que veas que mi amor no es un ruego, sino una decisión.
Mientras otros se pierden en miedos y en feas ideas,
yo voy escribiendo tu rastro en mi propia canción.
Y cuando te alcance (porque te voy a alcanzar),
no será por un golpe de suerte o por pura magia;
será porque una mujer que decide a quién amar
es la única fuerza que el tiempo jamás contagia.
V