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LA CIENCIA SIN MANUAL

LA CIENCIA SIN MANUAL
El amor es una ciencia
que nadie se atreve a estudiar,
un idioma sin reglas
que todos pronuncian
como si lo entendieran.

Es un misterio que se vive a ciegas,
se toca, se promete,
se defiende como verdad absoluta,
aunque nunca sea simple
ni justo.

Por amor se perdona lo que duele,
se aprende a llamar esperanza
a lo que lastima,
se cree que todo resiste
si el nombre correcto lo sostiene.

Pero el amor también rompe.
Y cuando lo hace,
no deja instrucciones.
Solo fragmentos en las manos
y la pregunta muda
de qué hacer con ellos.

Se espera a alguien
sin saber que tal vez ya pasó,
se jura eternidad
a cosas que saben desaparecer,
se confía en el “para siempre”
hasta que el tiempo
decide lo contrario.

Entonces la ausencia no llega sola:
llega con distancia,
con situaciones que no piden permiso,
con recuerdos que no se van
y futuros que aún no existen.

Una parte se alegra en silencio:
sin esa voz habrá algo nuevo,
un nombre desconocido,
otra forma de intentar creer.
Pero otra parte se queda quieta,
negándose a descubrir,
usando las malas experiencias
como abrigo,
y castigándose con las buenas.

Se avanza sin rumbo,
empujado por la edad,
por una generación que corre
mientras el alma se queda atrás.
No es bonito.
Duele.
Quema.
Cansa.

Y entonces la pregunta vuelve,
más baja, más honesta:

¿Amor?
¿Qué eres,
si sabes cómo somos?
¿Por qué prometes algo bueno
cuando aprendemos
que tampoco somos dignos
de aquello que anhelamos
y, en secreto,
también odiamos?