“La edad que el mundo no perdona”
Ella no era primavera,
era un otoño lleno de historia,
de hojas que sabían caer sin ruido
y aun así dolían al tocar el suelo.
Él…
él era junio,
tormenta joven, risa sin memoria,
un impulso que no preguntaba
si el mundo estaba de acuerdo.
Y se encontraron.
Como se encuentran los errores hermosos,
como chocan dos destinos
que saben —desde el inicio—
que no deberían tocarse.
Sus besos no eran besos…
eran azúcar prohibida,
eran un segundo detenido
donde todo tenía sentido.
Pero el mundo…
el mundo no besa, no ama, no entiende.
El mundo señala.
Y los separó
sin siquiera haberlos conocido.
No hubo promesas rotas,
porque nunca las hicieron,
solo un silencio
que creció más fuerte que el amor.
Ahora ella escribe mensajes
que nunca envía,
palabras que tiemblan en sus dedos
como si aún esperaran respuesta.
Se pregunta si él recuerda,
si alguna vez pronuncia su nombre
en medio de la nada,
o si fue tan fácil olvidarla
como guardar un verano en un cajón.
Porque él…
él no volvió.
Ni una palabra,
ni un “te pienso”,
ni un rastro de lo que fueron.
Y eso duele más que el adiós.
Porque un adiós confirma,
pero el silencio…
el silencio deja abierta la herida.
Ella lo ama todavía,
pero ya no lo busca.
Porque entendió
que hay amores que no terminan…
solo se quedan esperando
en alguien
que ya no va a regresar.
V