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La espera

La espera
No cualquier matriz
te llevará, hijo. Prefiero esperar
a la cigüeña con su nariz
cargándote en un pañal.

No cualquier mujer me dará
su biología. No cualquiera será
la madre de mi campeón.

Ni las que fuman
bajo luces de neón,
ni la antipática jefa
del supermercado
que ayer, al verme,
mordió sus labios.

No.

Ella no buscará quien te bañe
mientras duerma o trabaje.
Estará lavando tu ropa
mientras espera a que salgas
corriendo del colegio
con otro uniforme que lavar.
(Ese uniforme te lo dejará a ti
para que lo restriegues el sábado,
para que aprendas a ser serio).

Te hará frijoles con queso rallado.
Te cortará las uñitas de tus pies
mientras tú temas que te hiera.
Te premiará con la chancla
por el helado y tu berrinche.
Te hará una línea lateral
al peinarte, como se peina
el bochinchero de tu padre.
Tu madre será la dulzura
de tus primeras letras.

¡Ay, mi hijo! ¡Cuánta espera
por tu madre!
¿Será que yo seré muy exigente?
¿Estoy jugando al perfeccionismo?
Aun así sostengo lo mismo.
Porque no vivirás la desventura de tu padre,
que, aunque teniendo una madre (no la culpo),
sufrió la tortura
del descuido de una tía.
Esa señora que un día
me lanzaba el frijol en la mesa,
me partió un cabo de escoba
en la cabeza,
ni me cortaba las uñas,
ni me vestía.
Su afecto era una tarde sin cena.
Tu padre preguntó de sexo
y su tía se reía.

“¡Gracias, tía, por tus humillaciones!
Ahora mis preocupaciones
no me permiten casarme
por temor a que una madre
se parezca a ti
y críe a mi hijo con inseguridades”.

Espera, hijo.
¡No llores!
Que mi espera
valga la pena.
Y no te toque
vivir
una vida llena
de sinsabores.
La espera