la geografía del eco
Hay un mapa que no entiende de fronteras ni de aviones,
que se dibuja en el pecho con latidos y oraciones.
Es el mapa de tu ausencia, que comienza en mi almohada
y termina en ese punto donde no encuentro tu mirada.
Mi reloj se ha vuelto loco, tiene un ritmo diferente:
aquí es tarde de nostalgia, allá es mañana de gente.
Hablamos a través de cables, de cristales y de viento,
intentando que un mensaje transporte todo el sentimiento.
La distancia es un engaño de la vista y del camino,
porque el cuerpo está lejos, pero el alma es un vecino;
te presiento en el café, en el roce de la brisa,
y guardo en mis bolsillos el recuerdo de tu risa.
Es difícil ser dos náufragos en islas separadas,
contando los inviernos y las lunas trasnochadas.
Pero el amor que es de hierro no se oxida con el tiempo,
se hace fuerte en la espera y se nutre del aliento.
No importa cuántos mares nos impongan su marea,
ni cuántas madrugadas el silencio nos rodee;
que el puente más seguro no es de piedra ni de acero,
es saber que, aunque no estés, te espero porque te quiero.
V