V

La Memoria de los Espejos

La Memoria de los Espejos
No te busco con los ojos, porque la vista engaña;
te busco con el hambre de la raíz que presiente el agua.
Eres ese hueco en mi costado que el viento nunca llena,
el nombre que tengo en la punta del alma y que mi voz encadena.
Camino por ciudades que parecen decorados vacíos,
preguntándole a cada sombra si reconoce mi paso.
Porque sé que estamos hechos del mismo tejido de los ríos:
destinados a chocar, a fundirnos, a morir en el mismo abrazo.
Mírate las manos: hay un espacio entre tus dedos
que fue diseñado para encajar exactamente en los míos.
Esa falta de peso, ese frío que no calman los miedos,
es la señal de que tu otra mitad aún vaga por los desvíos.
No somos dos desconocidos que el azar intenta juntar,
somos dos fragmentos de una joya que el tiempo decidió romper.
Y aunque hoy la soledad me obligue a aprender a esperar,
cada latido es un tambor que te avisa que estoy por volver.
No llegas tarde. El universo no conoce el retraso;
está esperando a que seamos el incendio y no solo la chispa.
Y cuando el destino, por fin, se canse de darnos el paso,
veremos que el camino no era una meta, sino una pista.
Te amaré con la memoria de quien ya te ha amado mil veces,
en otras vidas, en otros cuerpos, bajo otros cielos distintos;
porque un alma que busca a su par no se rinde ante los meses,
se guía por el fuego sagrado de sus propios instintos.
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