La memoria de tu luz
Aún sabiendo que tu mirada no volvería a cruzarse con la mía, mi corazón, testarudo, no podía dejar ir tu recuerdo. Confabulaba con mi mente en un pacto eterno: recordarme cuán feliz fui entre tus brazos y cómo, lentamente, me dejaba envolver por ellos.
Eras el sol de las mañanas extendiendo sus rayos sobre el campo de camelias. En tus ojos se reflejaba la centella de aquel astro que se imponía en el cielo, entre nubes blancas como la nieve.
Al llegar el atardecer, me despedía de ti con pesar. Mi alma debía pasar una noche más en soledad, añorando el regreso de la luz; esa que descubrí el día en que nuestras pupilas se cruzaron y hallé, en tu mirada, el destello que disipó mi oscuridad
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