La mirada en el suelo
Ayer,
estaba yo pensando,
así como siempre,
petrificado,
y me acordé
precisamente de ti.
¡Sí, de ti!
—¡Vieja ridícula!—
Me hiciste mil y una,
la vida en cuadrícula,
sin esperanza alguna.
Tus cachetes regordetes
y entrecejo contraído;
yo era reo sin grilletes.
Me ocultaba abstraído
detrás del área cóncava
de una lavadora,
a la cual agradezco
por ser mi salvadora.
—¡Agarró la correa,
la del marido,
la que aporrea!—
No hagas nada
para que no te haga algo.
¡Mejor haz algo
para que no te haga nada!
Sea que haga o no,
siempre herido salgo.
Mejor me escondo bajo la cama,
salgo cuando pase el drama.
Me soterraba bajo libros,
ya que ellos no me masticaban
ni me escupían vivo.
—¡Murió un pollo!—
Y nos culpaste de ser
los culpables
de haber...
(Lo siento, amable lector. Debo coger aire para seguir).
Según tú, vieja infernal,
lo matamos en vindicta
de tus tratos
(Estabas consciente de tus actos).
Y comienza la batalla campal:
tú con tu arma,
cuatro filos de cuero,
y nosotros como tortugas
boca arriba en el suelo.
Recibíamos una descarga
de hebilla, cuero y rabia.
Y vi a ella recibir
el premio sorpresa.
Tu hijastra no cubrió su cuello...
¡Y en dolor, desesperadamente,
crujió sus dientes sin gritar,
tembló epilépticamente!
Rectángulos bermejos
en los muslos abatidos,
el corazón perplejo
con acelerados latidos.
Recuerdo mi colonia Menem,
junto a algunas motas de algodón,
y yo practicando
algo de enfermería
en el cuello de mi hermanastra,
curando,
mientras ella,
con su mirada perdida en el suelo,
buscaba un por qué.
Y aunque algodón tenía,
no encontré con qué
curar su corazón.
Pues lo que sí era cierto,
para mayor tristeza,
es que su verdadera madre
había muerto.
En un cincuenta por ciento
divido el perdón;
en el otro cincuenta
lo dejo
para que me des una explicación.
Hoy solo queda el recuerdo
de un ayer
¡tan presente!
que aún me posee
en algunos momentos:
aquella mirada perdida en el suelo
de mi hermanastra,
preguntando:
—¿Por qué?—
J