La vida a veces llega en silencio,
sin tambores, sin aplausos,
solo con el ruido del ventilador en la madrugada
y pensamientos que pesan más que el cuerpo.
Hay días donde uno se ríe fuerte
solo para no escuchar el eco por dentro.
Porque la soledad no siempre es estar solo,
a veces es sentarse entre cien personas
y sentir que nadie conoce el desastre
que uno lleva escondido en el pecho.
El vacío…
ese viejo cuarto abandonado
donde guardamos promesas rotas,
nombres que ya no hablan,
versiones nuestras que murieron calladas.
La vida tiene esa costumbre rara
de quitar sin avisar.
Te arranca personas, tiempo, ilusiones,
y luego te mira serio,
como un maestro duro diciendo:
“aprenda a caminar incluso con el alma cansada.”
Y aun así…
uno sigue.
Qué cosa tan extraña el ser humano.
Se rompe un martes
y el miércoles ya está trabajando, estudiando, sonriendo,
como si el corazón no tuviera moretones.
A veces la noche se siente infinita,
como si el mundo entero estuviera dormido
menos tus pensamientos.
Y ahí estás vos,
mirando el techo,
peleando contra recuerdos
que vuelven más vivos cuando todo se queda oscuro.
Pero la vida también tiene pequeñas rebeliones:
el olor a café,
una canción que salva una tarde,
la lluvia golpeando ventanas,
la voz de alguien diciendo “¿cómo estás?”
y por un segundo…
el vacío deja de gritar.
Quizá vivir sea eso:
aprender a cargar ausencias
sin dejar que nos entierren.
Entender que hasta las estrellas
necesitan oscuridad para brillar.
Y aunque la soledad muerda,
aunque el pecho se sienta hueco,
aunque a veces parezca que nada tiene sentido…
seguimos respirando.
Porque muy dentro de nosotros,
debajo del cansancio,
del miedo
y de todas las ruinas,
todavía queda una chispa terca
negándose a morir.