Nunca me dieron amor,
lo aprendí en la herida,
en el filo cortante de lo imposible.
El amor, para mí,
es amargo como la sangre que brota de la lengua.
Cada vez que lo busco,
me destrozo a mí mismo,
y dejo un rastro de grietas en mi corazón,
como si el dolor fuera la única verdad que me pertenece.
Aún así, en la oscuridad,
a veces susurro en silencio,
sin saber cómo nombrar la esperanza.
Anhelo manos torpes que remienden,
no necesito oro ni belleza,
solo el torpe intento de lo humano,
una cicatriz en lugar de este vacío.
Pero la esperanza se agota,
y el silencio me devora de nuevo,
porque hace tanto que olvidé
cómo rezarle a lo que nunca llega.