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Los besos no se piden, se toman.

Los besos no se piden, se toman.
Los besos no se piden, se toman,
como quien enciende un cigarro con rabia.
Se dan con la intensidad que quema,
no con el silvido cobarde del miedo.

Se dan con hambre, con sed, con locura,
con los ojos cerrados y el cuerpo en llamas.
No se dan por dar, ni por costumbre,
se dan para detener la tormenta.

Si te beso los labios, es porque arde
la urgencia de hablar con la voz abierta.
Porque ahí habita todo lo que pienso,
cuando el mundo me exige que lo entienda.

Si beso tus manos, busco tu tacto,
que no me devuelva en caricias falsas.
Busco un cuerpo que tiemble al roce
y no huya cuando la noche baila.

El beso no vive en los labios solitarios,
vive en la espalda, en el cuello, en la risa.
En el segundo exacto en que dos cuerpos
se olvidan del mundo y se respiran.

Besarte no es juego ni despedida,
es quedarme a vivir entre tus dientes.
Es decirte que "estoy" -sin pronunciarlo-,
con la lengua temblando de presentes.

Yo no quiero besos con horario
ni labios que sepan a rutina.
Quiero el abismo, el salto, el relámpago,
la boca sangrando de poesía.

Quiero un beso, sin permiso,
que me borre lo que fuí y me lo vuelva a escribir.
Uno que me quite la armadura
y me deje desnuda de mentiras.

Bésame con furia o no me beses,
hazlo como quien pierde la guerra.
Hazlo como si no hubiera un después
y tu boca fuera nuestra última trinchera.

No me beses por cumplir el guion,
ni por matar la espera del domingo.
Bésame cuando no sepas qué hacer,
con la herida que late en tu garganta.

Que un beso no cure, pero alivie.
Que no prometa, pero se quede.
Que no salve, pero me llame
desde lo hondo, donde no se mueren.

No dejo besos en pausa ni dudas,
no guardo ecos ni silencios rotos.
Entrego el pulso, el grito, el fuego,
y el alma entera sin retorno.