Me acerco al espejo de mi habitación,
un espejo de cuerpo completo,
uno que debería reflejarme, ¿verdad?
Me acerco al espejo de mi habitación,
pero no me reflejo yo,
veo lo que no soy.
“No soy mi madre”,
me dije a los 12 años,
pero eso me reflejó.
Estoy cansada de las contradicciones,
pero me asusta el negar.
Estoy cansada de las etiquetas,
pero me asusta no encajar.
Me acerco al espejo de mi habitación,
me dicen que me parezco mucho a mi mamá,
y no quiero, no quiero ser igual.
Estoy cansada de las exigencias,
pero también me asusta no llegar.
Estoy cansada de los sermones,
pero también me asusta no cambiar.
Me acerco al espejo de mi habitación,
un espejo en donde puedo verme entera.
Debería reflejarme yo, ¿verdad?
Pues no, esa no soy yo.
No me gusta actuar así,
no me gusta vestir así,
no me gusta vivir así.
Esa no soy yo…
Me acerco al espejo de mi habitación,
en donde se refleja mi madre detrás,
y yo solo puedo pensar:
¿cuándo podré conseguir tijeras?
¿cuándo podré cortar estas cuerdas?
¿cuándo podré reflejarme yo y no ella?
Me acerco al espejo de mi habitación…
¿es mi habitación siquiera?
Martillo en mano, no hay vuelta atrás…
En el reflejo, más allá de mí, veo mis logros,
logros que ya no me festejan,
los cuales no sé si valen la pena.
Me miro al espejo de esta habitación,
veo el reflejo: no soy yo.
Martillo en mano, logro algo…
no hay vuelta atrás.
Mamá viene a esta habitación, a mi habitación,
me observa llorando en el suelo,
martillo en mano, espejo hecho pedazos…
Veo mi reflejo entre los fragmentos rotos:
finalmente, me reflejo yo…