Me acusas de falacias y de oscuros sentimientos,
como si mis heridas tuvieran la obligación de sangrar a tu ritmo,
o de tener una lógica que a vos te convenga.
Desis estar cansada de interpretar,
pero yo estoy agotado de ser el villano en un laberinto que tú misma construyes.
No busques respuestas ocultas ni misterios en mi indiferencia;
a veces, lo que tú llamas una ausencia cruel
es solo la retirada de un hombre que, harto de la guerra, eligió su paz.
No soy esa demencia maliciosa que te estorba,
ni el fantasma que da vueltas alimentando tus sospechas.
Si ya no me reconoces,
quizás es porque simplemente dejé de interpretar el papel que necesitabas que jugara.
El cariño no debería ser una eterna batalla de acertijos.
Si te pesa tanto el intento de comprenderme
y solo encuentras sombras en lo que soy,
quizás lo más honesto para los dos, sea dejar de buscar.
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